¿Por qué después de hartos siglos seguimos igual de obsesionados con criaturas que solo quieren nuestros líquidos vitales?
¿Por qué después de hartos siglos seguimos igual de obsesionados con criaturas que solo quieren nuestros líquidos vitales?
¿Por qué nomás con oír “vampiro”, “hombre lobo” o “fantasma” ya sabes exactamente de qué estamos hablando, aunque nunca hayas leído *Drácula* ni visto una sola película de Universal Studios? Porque estos monstruos no nacieron en un libro ni en un guion de Hollywood: nacieron del miedo real de gente real, tratando de explicar lo que no entendía. Hoy vamos a ir a la raíz de los clásicos —vampiros, hombres lobo, momias, fantasmas, el golem y los zombis— antes de que la literatura y el cine los agarraran y les pusieran capa, colmillos o vendas para la posteridad.
Hay algo que la industria del entretenimiento no aprende, no importa cuántas veces le salga el tiro por la culata: adaptar algo terriblemente conocido, querido y admirado, es una responsabilidad enorme, y no cualquiera está listo para cargar con ella. Da igual si es un libro, un videojuego o una serie de cómics; en cuanto alguien en Hollywood decide que ya encontró su próxima minita de oro, hay harta probabilidad de que lo que salga del otro lado no tenga mucho que ver con lo que amas o conoces. Algunas veces salen joyas. Otras, tragedias. Y en ocasiones, algo tan raro que ni siquiera sabes si reír o llorar aunque termina siendo 100 % palomero. Hoy repasamos los dos lados de esa moneda… con mi calificación.
Robin Hood cuando llegó el cine. El compa tiene más versiones en pantalla que muchos superhéroes de Marvel, y eso sin traje de spandex ni universo cinematográfico compartido.
La gracia de Arthur es que no se queda atrapado en los manuscritos medievales: cada generación lo agarra, lo sacude y lo vuelve suyo, sin albur. El cine y la televisión han sido especialmente creativos con esto: han convertido al rey ideal en héroe trágico, antihéroe callejero, protagonista adolescente, gag de comedia y casi cualquier cosa que se nos ocurra.
Estamos viendo una película, leyendo un libro o jugando un videojuego (RPG la mayoría de las veces). Nuestro héroe (o heroína, eso no importa), sin recursos, sin aliados, sin nada. La situación parece imposible. Y entonces, de la nada, aparece algo o alguien que lo salva todo de un golpe. Sin previo aviso. Sin que nada en la historia lo hubiera preparado. Magia pura. Eso se llama Deus Ex Machina, y es una de las herramientas narrativas más antiguas del mundo.
La necesidad de encajar, o de querer “modernizar” las cosas, puede a veces estar justificada, pero no cuando el alma de eso que estamos cambiando queda destrozada por el cambio.
Lo que en su época eran historias para educar, se han ido convirtiendo en cuentos simples y bobos
¿A quién no le gustaría portar los zapatos, látigo y fedora de este icónico personaje? Mi reseña sobre el juego.
La realidad virtual nunca fue realmente algo de mi interés, sino más bien un gimmick, o algo que sabía que estaba ahí, pero no me importaba mucho. No tengo idea de cuando empezó, pero tampoco lo averigüé para este post.