Antes que cualquier rabino haga nada con arcilla, la palabra “golem” ya aparecía en el judaísmo más antiguo. En el tratado Sanhedrín (38b) del Talmud, Adán mismo es descrito, en un primer momento, como un golem: su polvo fue “amasado en una cáscara sin forma” antes de recibir el aliento divino. O sea, el primer golem de la tradición judía es, literal, el primer humano.
Pero la referencia que de verdad le da nombre al concepto aparece en Sanhedrín 65b, donde se cuenta que Rava, un sabio babilónico del siglo IV, creó un hombre (en arameo, “gavra”) y lo mandó ante el sabio Rav Zeira. Este le habló, pero el golem no contestó nada, así que Rav Zeira concluyó: “Fuiste creado por los sabios, vuelve a tu polvo”. En el mismo pasaje se menciona a otros dos rabinos, Rav Hanina y Rav Oshaya, que cada viernes usaban el Sefer Yetzirá (el Libro de la Formación) para generar un ternero y comérselo en Shabat. Tampoco podía hablar, como aproximadamente todos los terneros.
Desde el principio, lo que distingue a un golem de un humano de a de veras no es la fuerza ni el tamaño, es el habla. El lenguaje, en esta tradición, es la marca del alma. Un ser sin voz es, por definición, una imitación incompleta.
Aquí viene algo que probablemente no sabían: el golem “histórico” más antiguo no es el de Praga. Es el del rabino Eliyahu de Chelm (Polonia, 1550-1583), y su leyenda es anterior, por generaciones, a la del más famoso Maharal.
Según un manuscrito cabalista polaco escrito entre 1630 y 1650, el rabino Eliyahu “hizo una criatura de la materia” que le sirvió durante mucho tiempo como mano de obra. El problema fue que esta cosa empezó a crecer y crecer, día tras día, hasta volverse más grande que cualquiera en su casa. Asustado de que se le saliera de control, Eliyahu le borró una letra de la palabra “emet” que llevaba puesta, y la criatura se desplomó, convirtiéndose de nuevo en un montón de arcilla —no sin antes rasguñarlo en el proceso—. Algunas versiones posteriores son todavía más dramáticas y dicen que el golem cayó encima del rabino y lo mató… ja ja ja ja…
El historiador Moshe Idel, uno de los máximos especialistas del tema, señala que esta tradición es, muy probablemente, “el modelo de la leyenda” que después se le pegó al más famoso rabino de Praga. O sea: hasta la leyenda del golem tiene su propio golem, una plantilla anterior que la posteridad terminó vistiendo con otro nombre.
Ahora sí, el clásico de clásicos. A finales del siglo XVI, en el gueto de Josefov, en Praga, bajo el reinado de Rodolfo II, la comunidad judía vivía bajo la amenaza constante de los “libelos de sangre”: acusaciones falsas de que secuestraban niños cristianos para rituales. El rabino Judah Loew ben Bezalel, conocido como el Maharal, decidió, según la leyenda, hacer algo al respecto.
Loew se fue a la orilla del río Moldava (Vltava en checo) junto con dos rabinos de confianza, moldeó una figura humana con el barro de la ribera y la rodearon siete veces cada uno mientras recitaban encantamientos cabalísticos. Después, el propio Loew la rodeó otras siete veces sosteniendo una Torá, y los tres recitaron un versículo del Génesis (2:7): “Entonces formó Yahvé Elohim al hombre del polvo del suelo, e insuflando en sus narices aliento de vida, quedó constituido el hombre como alma viviente”. Para terminar, Loew escribió en la frente de la criatura la palabra hebrea “emet” (verdad), y el golem despertó. De día lo escondía en el ático de la Sinagoga Vieja-Nueva de la ciudad; para desactivarlo, bastaba con borrarle la primera letra, dejando “met” (muerte).
Lo chido: Los historiadores coinciden en que esta asociación específica entre Loew y el golem no aparece en ningún texto de su propia época. La leyenda se documenta hasta el siglo XVII, y el relato tal cual lo conocemos hoy —con su harticisidad de detalles— se popularizó hasta 1909, cuando el rabino y escritor polaco Yudl Rosenberg publicó “Nifla’ot Maharal”, un libro que, aunque se presentó como un manuscrito antiguo recién descubierto, en realidad era prácticamente ficción original suya. O sea: el golem más famoso del mundo le debe tanto a un rabino del siglo XVI como a un autor de principios del siglo XX con buen sentido para el marketing.
Y aquí es donde conectamos con lo que probablemente todo el mundo sabe: Mary Shelley publicó “Frankenstein; or, The Modern Prometheus” en 1818. La pregunta que los académicos llevan décadas debatiendo es si Shelley conocía directamente la leyenda del golem, y todo apunta a que sí, aunque de forma indirecta.
El golem entró a la literatura alemana de principios del siglo XIX gracias, irónicamente, a algunos autores abiertamente antisemitas: los hermanos Grimm y Achim von Arnim, quienes lo incluyeron en sus colecciones de folclore. Esta fue, muy probablemente, la puerta por la que la leyenda le llegó a Shelley, sumado a que su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley, escribía sobre la figura del “Judío Errante”, otro personaje relacionado con estas tradiciones.
Las similitudes entre ambas historias son bastante claras: un ser hecho de materia muerta o inerte, que cobra vida gracias a la ambición de su creador, y que termina por volverse una amenaza para quien lo hizo. La diferencia principal es el tono: el golem, en la mayoría de sus versiones, es una herramienta de protección que se sale de control por accidente o exceso de celo; la criatura de Frankenstein es una tragedia filosófica desde el primer momento, un ser articulado, consciente y abandonado por su creador, lo cual la hace bastante más desgarradora que aterradora.
Aquí está la parte más internacional: la idea del “ser hecho de materia inerte que cobra vida” no es exclusiva de la tradición judía. Aparece, con variaciones, en culturas que ni siquiera tuvieron contacto entre sí.
Talos, el guardián de bronce de Creta. En la mitología griega, Talos era un autómata gigante de bronce forjado por Hefesto (o, según otra versión, hijo de Cres y padre adoptivo de Hefesto) para proteger la isla de Creta, dando tres vueltas a sus costas cada día y lanzando piedras a cualquier barco invasor. Cuando Jasón y los Argonautas se acercaron en busca del Vellocino de Oro, la hechicera Medea lo engañó para que se sacara el único clavo de bronce que sellaba la vena por donde corría su “sangre” (icor divino), y Talos se desangró hasta morir. Y sí, como pagano helénico que paso a ser, tenía que meter a los griegos aquí también: Talos aparece mencionado desde Hesíodo, alrededor del 700 a.C., lo que lo convierte en uno de los primeros robots de la literatura universal… y un enemigo bastante nefasto en “Hades II”.
Mökkurkálfi, el gigante de arcilla nórdico que se hizo pipí del miedo. En la mitología escandinava, cuando el gigante Hrungnir fue retado a duelo por Thor, sus compañeros Jötnar construyeron, en Grjótúnagardar, un gigante de arcilla de nueve leguas de alto para que le sirviera de escudero. No encontraron un corazón lo suficientemente grande para él, así que le pusieron uno de yegua. El resultado: en cuanto vio llegar a Thor, Mökkurkálfi se puso tan nervioso que se orinó encima, y el sirviente de Thor, Thjalfi, lo derrotó sin mucho esfuerzo. ¡Plop!
Enkidu, el golem mesopotámico que nadie llama golem. En la Epopeya de Gilgamesh —uno de los textos escritos más antiguos que existen—, la Diosa Aruru forma a Enkidu con barro y agua por encargo divino, específicamente para contrarrestar la tiranía del rey Gilgamesh. Al principio es un ser salvaje, criado entre animales, hasta que su contacto con la civilización lo termina “humanizando”. No es un ser mudo ni obediente como el golem clásico, pero comparte el origen: arcilla moldeada con un propósito específico.
El homúnculo de Theophrastus Bombast von Hohenheim (Paracelso). Ya en el terreno de la alquimia europea, el médico suizo Paracelso (siglo XVI) describió una receta —bastante insólita— para crear un “hombrecito”: encerrar semen humano en un frasco de vidrio sellado y enterrarlo en estiércol durante cuarenta días, dejándolo “incubar” con calor. Según él, el resultado sería un ser pequeño, inteligente y capaz de hacerle compañía. No hay ninguna prueba de que esto funcionara jamás (¡duh!), pero la idea del “ser artificial hecho por procedimientos secretos” es, otra vez, la misma ansiedad de siempre con un envoltorio distinto.
El golem femenino de Avicebrón, en Granada. Y este es probablemente el que menos gente conoce. Shelomó ibn Gabirol, poeta y filósofo judío-andalusí del siglo XI conocido en el mundo latino como Avicebrón, vivió una temporada en Granada. Según la leyenda —recogida en comentarios cabalísticos posteriores atribuidos a Saadia Gaón—, Ibn Gabirol habría fabricado un golem de madera con forma de mujer para que le sirviera de ama de llaves, dado que padecía una enfermedad que le limitaba el movimiento. Cuando sus enemigos lo denunciaron ante las autoridades por tener una “acompañante” tan misteriosa, se vio obligado a deshacer su creación. Es la única leyenda de golem femenino que encontré, y viene, de todos los lugares posibles, de la España musulmana.
Por si te lo preguntabas: sí, el golem que conoces de los videojuegos y el rol le debe todo a esta tradición, y no de forma casual. La criatura apareció por primera vez en Dungeons & Dragons en el suplemento original de Greyhawk (1975), escrito por Gary Gygax y Robert Kuntz, y está explícitamente basada en el golem de la mitología judía. Los cuatro tipos clásicos —carne, arcilla, piedra y hierro— ni siquiera esconden su origen: el golem de carne, hecho de restos humanos, es prácticamente el guiño directo a Frankenstein, mientras que los de arcilla, piedra y hierro representan la línea “pura” del folclore judío.
De ahí en adelante, el golem se volvió un elemento básico de la fantasía: en World of Warcraft son autómatas mágicos usados como guardianes de bóvedas y torres de magos; en Dark Souls hay golems de cristal y caballeros de piedra custodiando santuarios; y aunque Nintendo nunca los llame “golems” por nombre, let’s be real: los Guardianes y los Stone Talus de Breath of the Wild y Tears of the Kingdom (ya hablé de estos dos) son golems con otro nombre: constructos animados, hechos de piedra o tecnología antigua, programados para proteger un lugar específico contra cualquier intruso. El arquetipo sigue exactamente igual después de casi dos mil años.
Lo que más me fascina de los golems es que no es una sola historia, es la misma pregunta repetida durante siglos en lugares que jamás tuvieron contacto entre sí (como las pirámides): ¿qué pasa si consigo crear vida con mis propias manos? Rabinos en Babilonia, Polonia, Praga y Granada; herreros divinos en Creta; gigantes torpes en Escandinavia; alquimistas suizos con frascos enterrados en estiércol; una escritora inglesa de 20 años en una casa junto al lago Lemán; y, siglos después, un par de ñoños de Wisconsin diseñando un juego de mesa. Todos, a su manera, se hicieron la misma pregunta, y casi todos llegaron a la misma conclusión incómoda: crear algo a tu imagen no significa que vaya a obedecerte… casi nunca lo hace.
Sí… Frankenstein es guapo y atractivo, no el monstruo de las películas, porque el Dr. Frankenstein lo armó con lo mejor que pudo encontrar en el mercado negro. Lo de monstruo feo sale del cine.

2 Comments
Gracias por ser tan meticuloso. Me entretiene mucho el Blog semanal.
Muchas gracias Andrés… mientras haya cosas de que hablar, hablaremos (o escribiremos, más bien)