Desde el principio: no vamos a meternos en los procesos de momificación del Antiguo Egipto ni en las prácticas funerarias de otras culturas que hicieron lo mismo, porque eso es tema para un post de arqueología, no de monstruos de cine. Aquí nos interesa la momia como criatura de terror, y ese miedo específico no nació en el Antiguo Egipto, sino casi 3,000 años después, con una mezcla de sensacionalismo periodístico y mala suerte.
Todo se dispara en 1922, cuando el arqueólogo británico Howard Carter descubre la tumba casi intacta de Tutankamón en el Valle de los Reyes. Fue un notición mundial, y meses después, cuando su mecenas (el compa de la lana) Lord Carnarvon murió por una infección tras el picotazo de un mosquito, la prensa amarillista se aventó con la narrativa perfecta: una “maldición de los faraones” que castigaba a quien profanara la tumba. El propio Arthur Conan Doyle (el creador de Sherlock Holmes), le echó leña al asunto declarando públicamente que creía en la maldición. La ironía es que Howard Carter, quien más tiempo pasó dentro de la tumba, vivió otros 17 años y murió de causas completamente normales (or did he?), pero eso nunca vende tantos periódicos como una maldición milenaria.
Con la fiebre egiptomaníaca en su punto máximo, Universal Pictures (que ya venía feliz después de “Drácula” y “Frankenstein” en 1931) decidió que necesitaban su propio monstruo egipcio. Así nace “La Momia” (1932), protagonizada por Boris Karloff como Imhotep, un sacerdote enterrado vivo que despierta luego de casi 4,000 años y se hace pasar por un egipcio moderno mientras busca a la reencarnación de su amor perdido.
El maquillista Jack Pierce (el mismo que le dio forma al Frankenstein de Karloff) tardó ocho horas en vendarlo de pies a cabeza para esa única escena inicial, porque el resto de la película Karloff aparece sin vendas, disfrazado. La momia clásica, arrastrando los pies y con los brazos estirados, en realidad viene más de las secuelas posteriores como “La Mano de la Momia” (1940), donde el personaje de Kharis sí pasa la mayor parte del tiempo envuelto en vendas cero higiénicas.
Después del éxito de Universal llegaron secuelas (“La Tumba de la Momia”, “El Fantasma de la Momia”) y hasta una parodia con Abbott y Costello en los cincuentas. La británica Hammer Films retomó el personaje en 1959 con su propia versión, ya en color y con Christopher Lee bajo las vendas.
Pero el gran renacimiento llegó en 1999, cuando Universal (otra vez) estrenó “La Momia” con Brendan Fraser y Rachel Weisz, mezclando terror con aventura estilo Indiana Jones y bastante humor. Fue tan exitosa que generó secuelas, spin-offs (la saga de “El Rey Escorpión”) y hasta un intento fallido de reboot en 2017 con Tom Cruise, que se suponía iba a lanzar un “Universo Oscuro” de monstruos Universal y que se estrelló tan feo que el proyecto entero valió madres.
A diferencia del vampiro o el hombre lobo, la momia nunca tuvo su gran serie insignia en televisión. Aparece más como personaje episódico o secundario: en “Scooby-Doo” prácticamente cada temporada tiene su “momia” en turno (casisiempre un fraude, énfasis en el casi), y en el ánime y series animadas suele aparecer como enemigo puntual en episodios de temática egipcia, no como protagonista recurrente. Mi opinión aquí es que la momia simplemente no se presta tanto al drama serializado como el vampiro: no tiene lo sexoso ni la inmortalidad “aspiracional” del chupasangre, así que a la tele nunca le ha interesado tanto invertir en ella a largo plazo.
En videojuegos la momia aparece sobre todo como enemigo genérico de nivel egipcio (Castlevania, Ghosts ’n Goblins), pero sí hay excepciones memorables. “Sphinx and the Cursed Mummy” (2003) le dio al jugador el control de dos personajes: el semidiós Sphinx y su compañero, una momia bastante torpe y cómica, en un juego de aventuras inspirado en la mitología egipcia. También está “The Mummy Demastered” (2017), un metroidvania basado en el reboot fallido de Tom Cruise que, dicen, es bastante mejor que la película que lo inspiró. Y aunque no son “momias” como tal, sagas como “Assassin’s Creed Origins” o la franquicia “Tomb Raider” viven directamente de esa fascinación por tumbas egipcias, faraones y maldiciones ancestrales. La momia sigue estando relegada a enemigo de fondo casi siempre.
En mi opinión personal: creo que la momia sobrevive como ícono no por dar miedo en sí (seamos honestos, un muerto que camina lento no es la amenaza más aterradora del catálogo), sino porque combina dos cosas que fascinan por igual: la codicia occidental de saquear tumbas ajenas, y el castigo simbólico por hacerlo. Es un monstruo que nace del choque entre el colonialismo arqueológico del siglo XX y el respeto (real o fingido, mas fingido que real) por las culturas antiguas. Cada vez que ves a un arqueólogo de ficción abriendo un sarcófago que “no debía abrirse”, estás viendo una fantasía de consecuencias para algo que en la vida real casi nunca las tuvo.
De una infección por mosquito convertida en maldición milenaria, pasamos a Boris Karloff vendado, a Brendan Fraser peleando espadas contra arena viviente, hasta enemigos genéricos de videojuego que ni siquiera recuerdas haber derrotado. La momia nunca fue la más temida de los monstruos clásicos, pero se ganó su lugar en el podio a puro sensacionalismo de periódico y estética inconfundible. Como si el Alarma existiera desde esa época.
Aquí es más difícil encontrar imágenes o saber qué poner debido a lo escaso del material y su evolución. Me refiero a que las momias casi siempre son iguales. Lo único que cambia es el intento de hacerlas atractivas manteniendo su parte terrorífica… y casi nunca funciona. Kudos para “The Mummy” y Arnold Vosloo, quien, creo, tuvo el toque exacto de maloso al que sacarle la vuelta, y alguien con historia trágica que podía caernos bien al final.

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