Rick Riordan escribió una historia sobre un chico con dislexia que descubre que es hijo de un Dios griego (Poseidón), y cuyo motor narrativo es encontrar a su madre desaparecida. La película decidió que eso era demasiado sencillo y le metió Macgufins que en los libros no existen. El resultado fue una película que confundió a los que no habían leído los libros y enfureció a los que sí. Riordan mismo dijo públicamente en varias ocasiones que no tuvo control sobre la producción y que el resultado lo decepcionó profundamente. Por suerte, la serie de Disney+ que llegó años después hizo las paces con el material original, con Riordan involucrado directamente.
Christopher Paolini escribió Eragon siendo adolescente, y a pesar de sus influencias obvias (Tolkien, Star Wars, et al), construyó un mundo con su propia mitología y un vínculo emocional real entre el protagonista y su dragón Saphira. La película hizo un speedrun de todo eso: los personajes se sienten planos, la mitología casi no existe y la relación entre Eragon y Saphira no tiene el peso que debería tener. Fox tenía planes de hacer una franquicia completa, pero el fracaso fue tan rotundo que la dejaron ir sin decir más. Paolini eventualmente anunció que prefería un reboot que pretendiera que la película no existió.
Philip Pullman escribió His Dark Materials como una crítica abierta al dogmatismo religioso organizado, usando una fantasía elaborada para hacer preguntas incómodas sobre el poder y la fe. La adaptación cinematográfica tomó ese núcleo, lo tiró a la basura y entregó una película de fantasía genérica que no contentó a nadie (a mí sí, un poco, por que sale Nicole Kidman): los religiosos igual se molestaron por los temas que quedaron, y los fans de los libros se molestaron porque quitaron precisamente lo que hacía interesante la historia. Los planes para tres películas murieron ahí. La serie de HBO de 2019 hizo el trabajo correctamente.
Seamos justos: El señor de los anillos demostró que Peter Jackson sabía adaptarse a Tolkien. Luego llegó El hobbit, un libro de unas 300 páginas que decidió convertirse en tres películas de casi tres horas cada una. El resultado es un trabajo inflado de subtramas inventadas, personajes nuevos innecesarios y efectos especiales que en muchos momentos se sienten más computarizados que la trilogía original hecha diez años antes. Los fans de Tolkien, que ya venían con las expectativas altísimas, sintieron que se les vendió producto aguado a precio de lujo… con un Thorin Oakenshield guapísimo.
La primera película de Resident Evil, dirigida por Paul W.S. Anderson, era una adaptación imperfecta pero decente: tenía el ambiente, tenía los zombis, tenía algo del terror claustrofóbico de los juegos. El problema fue que cada secuela se alejó más del material original hasta que lo único que los juegos y las películas compartían era el nombre. Para la sexta entrega, Alice (personaje inventado para el cine) ya estaba tan alejada de todo lo que amabas de Resident Evil que la experiencia era otra cosa completamente. Son películas de acción de acción B que se venden como algo que no son. Palomerísimas, entretenidas, y sale Milla Jovovich.
El juego que básicamente inventó el género de los shooters en primera persona merece algo mejor que esta película. Doom (2005) fue una decepción tan grande para los fans de id Software que casi ni vale la pena hablar de ella, salvo por una secuencia al final filmada en primera persona que, esa sí, captura algo del espíritu del juego. Todo lo demás es una película de acción de ciencia ficción bastante olvidable que pudo haberse llamado de cualquier otra manera y nadie hubiera notado la diferencia.
Esta película tuvo el mérito de intentar algo nuevo: humanos animados fotorrealísticamente en una época en que eso era territorio desconocido. El problema fue doble: técnicamente no funcionó del todo (el efecto “uncanny valley” estaba muy presente), y narrativamente no tenía nada que ver con ningún juego de Final Fantasy. El resultado fueron pérdidas estimadas en más de 120 millones de dólares y el cierre del estudio que la produjo. Un experimento interesante en concepto, desastroso en ejecución.
La película de Mario de 1993 es un caso tan peculiar que con el tiempo adquirió estatus de culto, pero eso no la hace buena. Tomaron al fontanero más icónico de los videojuegos, lo metieron en una distopía cyberpunk oscura con actores que claramente no querían estar ahí, y entregaron algo que desconcertó al público familiar que esperaba algo parecido al juego. Bob Hoskins, que interpretó a Mario, dijo en más de una entrevista que fue la peor experiencia de su carrera. Eso ya te dice bastante.
World of Warcraft es uno de los juegos masivos de la historia más exitosos, con años de historia acumulada y millones de jugadores que conocen cada detalle del universo (mea culpa). La película de 2016 intentó comprimir esa mitología en dos horas y el resultado fue una historia que confundió a los que no conocían el juego y que a los fans les supo a poco. Duncan Jones, el director, tenía visión y claramente amaba el material, pero el estudio le cortó la película significativamente, y lo que llegó a los cines era apenas el esqueleto de algo que pudo haber sido épico. En China fue un éxito enorme; en el resto del mundo, pasó sin mucha pena ni gloria.
Si hay una adaptación que redefinió lo que es posible hacer con material literario de fantasía, es esta. Peter Jackson tomó los libros de Tolkien, que muchos consideraban inadaptables, y entregó una trilogía que no solo respetó el espíritu del material original sino que lo amplificó visualmente de una manera que pocos directores hubieran podido lograr. La atención al detalle, la escala de la producción y el trabajo de caracterización convirtieron a El señor de los anillos en el estándar con el que se mide prácticamente cualquier adaptación de fantasía épica hasta hoy. Y sí, en retrospectiva hace que El hobbit duela más.
Castlevania, Netflix, 2017
Antes de que Arcane (no la he visto) llegara a redefinir positivamente lo que una serie de animación basada en un videojuego podía ser, Castlevania ya estaba haciendo ese trabajo. Warren Ellis escribió algo que respeta la mitología de los juegos pero que funciona como una historia de fantasía oscura completamente independiente. La animación tiene un estilo fluido y violento que combina perfectamente con el tono de los juegos, y los personajes, especialmente Alucard, están escritos con una profundidad que la mayoría de las adaptaciones del género ni intenta.
Al final del día, la diferencia entre una adaptación que funciona y una que no casi siempre se reduce a lo mismo: ¿los estudios realmente entendían lo qué hacía especial al material original, o simplemente compraron el nombre para tener audiencia garantizada? Las que sí jalaron tienen algo en común: alguien en el equipo amaba lo que estaba adaptando. Las que no, se nota a leguas que el material era solo un vehículo para otra cosa, cash.

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