Antes de que existiera Drácula, antes de las capas y los colmillos de mentiritas, ya había gente en Europa del Este desenterrando cadáveres para asegurarse de que no anduvieran caminando de noche… por muy bobo que eso suene. La primera referencia escrita que tenemos sobre vampiros o criatura similar, aparece en ruso antiguo por ahí del año 1047, mucho antes de que a alguien se le ocurriera ponerle esmoquin y hotness al asunto.
El mito nace del folclore eslavo, y la palabra “vampiro” viene del término arcaico “upir” (o variantes como upír, wąpierz, упырь dependiendo de la región), que en un inicio ni siquiera se refería a un monstruo chupasangre, sino a una presencia no deseada en los rituales funerarios, osea, como el tío incómodo. Un espíritu problemático, básicamente alguien que no se quedaba tranquilo en su tumba.
¿Y por qué alguien se convertía en vampiro según estas creencias? Pues según el folclore, si moriste de forma violenta, si te suicidaste, si naciste con ciertas marcas (como nacer de pies o con dientes), si fuiste excomulgado, o de plano si eras borracho, ladrón o brujo, corrías el riesgo de regresar. Y por supuesto, si te mordía un vampiro ya hecho y derecho.
Entre 1725 y 1755, Europa del Este vivió literalmente una histeria colectiva de “pánico vampírico”. Comunidades enteras desenterraban cadáveres para revisar si estaban “demasiado bien conservados” (señal inequívoca de vampirismo, según ellos) y destruirlos. Hoy sabemos que gran parte de esto se explica por enfermedades como la rabia o la pelagra, y por el simple desconocimiento de cómo se descomponen los cuerpos en distintas condiciones. Pero en su momento, esto no era leyenda de sobremesa: era terror real, documentado por médicos y funcionarios del Imperio Austríaco.
El vampiro del folclore original no se parecía en nada al que conocemos hoy. Nada de seducción ni finura: se hablaba de criaturas hinchadas, de piel oscura, con las uñas y dientes larguísimos. Nada que ver con el galán pálido y encantador que la cultura pop nos vendió después.
La transformación empezó en la literatura. “El Vampiro” de John Polidori (1819) fue de las primeras obras en darle al vampiro un aire aristocrático y seductor con su personaje Lord Ruthven. Después llegó “Carmilla” (1872) de Sheridan Le Fanu, con una vampiresa que seduce a su víctima, metiendo ya elementos de deseo y ambigüedad en la ecuación.
Y luego, obviamente, llegó Bram Stoker con “Drácula” (1897), la novela que terminó de moldear al vampiro tal como lo conocemos. Aquí es donde entra Vlad III, mejor conocido como Vlad el Empalador, príncipe de Valaquia en el siglo XV, cuya fama de crueldad (el nombre lo dice todo: empalaba a sus enemigos… ¿o hacía paletitas?) le prestó el nombre y parte del aura siniestra al Conde. Ojo: Stoker no basó toda la novela en la vida de Vlad, tomó más bien su reputación y su título, mezclándolo con el folclore transilvano que ya venía investigando.
Antes de que el vampiro conquistara el cine, conquistó el teatro. En 1924, Hamilton Deane adaptó “Drácula” para las tablas en Inglaterra, y fue él quien decidió vestir al Conde de esmoquin, capa y cuello alto. Sí, la imagen “clásica” del vampiro elegante que todos tenemos en la cabeza nació de una decisión de vestuario teatral (como los vikingos y sus cuernos), no de la novela. La obra llegó a Broadway en 1927 revisada por John L. Balderston, con un actor húngaro llamado Béla Lugosi en el papel principal.
En el cine, el primer gran hito fue “Nosferatu” (1922) de F.W. Murnau, una adaptación no autorizada de la novela de Stoker (tanto así que la viuda de Bram Stoker demandó y ganó, exigiendo que se destruyeran todas las copias). Por suerte para el cine de terror, algunas sobrevivieron. Aquí el vampiro, el Conde Orlok, era todo menos seductor: calvo, con orejas puntiagudas y uñas larguísimas, una criatura repulsiva más cercana al folclore original.
En 1931, Universal Pictures estrenó “Drácula” con Béla Lugosi retomando el papel que ya hacía en Broadway, y ahí se consolidó definitivamente el arquetipo del vampiro aristócrata, elegante y magnético. Desde entonces la lista no ha parado: Christopher Lee en las producciones de Hammer, Gary Oldman en la versión de Coppola de 1992, hasta llegar a interpretaciones completamente distintas como “Entrevista con el Vampiro” (con Lestat como protagonista humanizado y trágico) o el fenómeno adolescente de “Crepúsculo”, que le quitó los colmillos filosos al asunto para venderlo como romance juvenil.
La televisión no se quedó atrás. “Dark Shadows” en los 60 metió al vampiro en una telenovela gótica diaria. Ya en tiempos más recientes, “Buffy, la Cazavampiros” y su spin-off “Angel” definieron a toda una generación con el vampiro como villano de temporada, pero también como interés romántico atormentado.
“True Blood” llevó las cosas a otro nivel, usando a los vampiros como metáfora abierta de grupos marginados que luchan por integrarse a la sociedad (literalmente “salían del ataúd” como quien sale del clóset). “The Vampire Diaries” apostó por el drama adolescente con dientes. Y “Entrevista con el Vampiro” tuvo su propia adaptación en serie, profundizando en la relación entre Louis y Lestat de una forma que la película de los 90 nunca pudo.
Y para cerrar con algo completamente distinto: “What We Do in the Shadows” tomó todo el mito y lo convirtió en comedia de convivencia entre roomies inmortales que no se soportan. De terror gótico a sitcom de oficina, pero con capas.
En videojuegos, el vampiro ha tenido presencia constante, aunque curiosamente son menos los títulos realmente memorables comparado con otros monstruos. La saga “Castlevania” de Konami es probablemente el referente más longevo, con generaciones enteras cazando (o, en entregas más recientes, encarnando) a Drácula.
Luego está todo el universo de “Vampire: The Masquerade”, basado en el juego de rol de mesa “World of Darkness”. “Bloodlines” (2004) es considerado de culto a pesar de sus fallas técnicas, y en años recientes llegó por fin “Bloodlines 2” después de un desarrollo bastante accidentado.
Más recientemente, “V Rising” le dio una vuelta de tuerca al género de supervivencia, poniéndote en el papel de un vampiro que debe reconstruir su castillo y su poder desde cero, y “Vampire Survivors” se volvió un fenómeno con su propuesta minimalista de roguelike. Incluso juegos que no son “de vampiros” per se, como “Bloodborne”, toman prestada mucha de la estética y el simbolismo del género para construir su propio horror gótico.
Creo que el vampiro sobrevive porque es el monstruo más flexible que existe. Cada época lo reinterpreta según lo que le da miedo o lo que desea en ese momento.
En el siglo XVIII y XIX era metáfora de enfermedad y de lo desconocido. En la literatura gótica victoriana se volvió metáfora de deseo sexual reprimido: no es casualidad que “Carmilla” tenga tanta carga homoerótica para su época. En “True Blood” fue metáfora de discriminación y derechos civiles. Hoy, varios análisis lo leen como metáfora del trabajador alienado, del consumo desmedido, o simplemente de nuestra obsesión colectiva con la inmortalidad y el envejecimiento.
Lo interesante es que esta necesidad de crear criaturas que se alimentan de la vitalidad humana no fue exclusiva de Europa. En la mitología mexica, por ejemplo, existían las Cihuateteo, espíritus de mujeres muertas en parto que rondaban ciertos lugares en busca de energía vital, aunque sin todo el barniz erótico que después le dio la literatura gótica europea. El miedo a algo que te consume desde las sombras parece ser bastante universal.
Creo que el vampiro nos gusta tanto porque combina dos cosas que como humanos tememos y deseamos al mismo tiempo, el poder absoluto y la pérdida total de control. Es depredador y presa de su propia condición a la vez. Ese contraste es oro puro para contar historias, y por eso dudo mucho que se nos vaya a acabar el interés en él pronto.
Del folclore campesino que desenterraba cadáveres por miedo, pasamos a esmóquines, a colmillos brillantes de telenovela adolescente, a sitcoms sobre roomies inmortales. El vampiro ha sido de todo: monstruo, metáfora, galán, chiste, villano y hasta protagonista con el que empatizamos.

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