En 1981 llega Excalibur, de John Boorman, y para mucha gente sigue siendo la gran película artúrica clásica: visualmente exagerada, llena de niebla, armaduras brillantes y una sensación de sueño raro que no termina de ser realista, pero tampoco puro cuento infantil. Toma como base la obra de Malory y la recicla en clave de fantasía oscura, sin ahorrar violencia ni erotismo extraño.
Aquí Arthur es un rey trágico atrapado entre profecías, magia, pasiones imposibles y una violencia que atraviesa toda la película. No es el santo del póster escolar, es alguien que se equivoca, se deja manipular y paga caro cada error, rodeado de una Merlin muy ambiguo y una Morgana que roba pantalla.
Un salto en el tiempo y el tono nos lleva a pelis como King Arthur (2004) o King Arthur: Legend of the Sword (2017), que intentan vender la idea de un Arthur “más histórico” o, al menos, más terrenal. En una versión, se vuelve líder militar romano-britano con equipo multietnia; esta es realista, aunque cojea un poco; en la otra, es un chavo criado en los bajos fondos de un pseudo-Londres que de pronto descubre que tiene linaje real. Aquí sí que agarraron nomás una idea, nombres, y le dieron en la madre a todo.
En ambos casos se reduce la parte religiosa y mística, el Grial casi ni figura, si es que lo hace, y se sube el volumen a la acción, las conspiraciones políticas y la estética de blockbuster: peleas coreografiadas, cámara rápida, humor irónico y un Arthur más antihéroe que rey perfecto… y elefantes.
En el otro extremo del espectro está Monty Python and the Holy Grail (1975), que agarra todos los clichés de la leyenda: la búsqueda del Grial, caballeros solemnes, designio divino… y los convierte en una sucesión de sketches absurdos: conejos asesinos, caballeros que dicen “Ni” y castillos invadidos con caballos imaginarios. Lejos de matar el mito, la película lo vuelve parte del imaginario pop y demuestra que Arthur también funciona perfecto como chiste recurrente.
La serie francesa Kaamelott lleva esa idea a formato sitcom: Arthur y sus caballeros son un grupo de incompetentes adorables que fracasan una y otra vez en su misión. En lugar de héroes inalcanzables, tenemos personajes llenos de neurosis muy actuales, y Camelot se parece sospechosamente a una oficina disfuncional cualquiera.
Otra línea fuerte en las versiones modernas es rejuvenecer al elenco y mover el foco: de Arthur a Merlin, de la corte al colegio. La serie Merlin (BBC, 2008–2012) presenta a un Merlin joven sirviendo en secreto a un príncipe Arthur todavía inmaduro, en una corte donde la magia está prohibida y los ideales caballerescos chocan con la política real.
En The Kid Who Would Be King (2019), la espada aparece en un bloque de concreto en pleno Londres contemporáneo y el elegido no es un noble, sino un chico de secundaria que tiene que convertir a sus amigos en una especie de Mesa Redonda escolar para enfrentar a una Morgan actualizada. Aquí Arthur ya no es tanto “sangre real” como metáfora: cualquiera puede ser el héroe si decide hacerse responsable de algo más grande que él.
Lo interesante es que, con todos estos cambios, el esqueleto básico se mantiene: alguien toma una espada que lo marca como diferente, reúne a un grupo de aliados leales (o lo intenta), se enfrenta a fuerzas oscuras externas e internas y al final, paga un precio alto. Lo que cambia es el envoltorio: a veces el conflicto es político, otras es psicológico, otras es simplemente el caos de crecer en el mundo actual.
En vez de ver estas versiones como “herejías”, se pueden leer como lo que siempre ha pasado con Arthur: una leyenda viva que se adapta a cada época, desde las crónicas latinas hasta el streaming. Y mientras nos sigan gustando las historias sobre poder, traición, lealtad y la eterna sensación de “éramos un gran equipo, pero lo arruinamos”, Arthur va a seguir apareciendo con nuevas caras.

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